martes 30 de junio de 2009

Renunciar o no renunciar, ¿esa es la cuestión?

Una de las características que han aflorado en el liderazgo del Frente Para la Victoria es la falta de control psicológico para modelar y filtrar las emociones de quienes ostentan la responsabilidad de gobernar el país en sus instancias nacionales, provinciales y municipales. Nestor Kirchner sería un claro ejemplo del primero, Capitanich podría ser un emblema del segundo y nuestro intendente representaría al tercer grupo.

La inteligencia emocional es un requisito para un liderazgo saludable. Claramente, desde mi punto de vista, el intendente Juan J. García es un hombre con talento extraordinario para gobernar y una capacidad de gestión envidiable, sin embargo, en varias ocasiones a lo largo de estos años, su turbulencia interior ha puesto “su” gestión en un jaque autoinducido.

Liderar un pueblo implica hacer propuestas nacidas de las propias ideas, creencias y afiliaciones para tener la gracia de ser elegido por la gente. Una vez que eso ocurre, momento en que el líder trasciende la pertenencia a un partido para ser el conductor de todos, un error frecuente es seguir usando aquella camiseta que necesariamente le quedará chica.

La identificación de García con lo que el llama “su” gestión, habla de una forma de entender la política basada en personalismos y que tiene baja estima por el trabajo en equipo donde los colaboradores directos, los concejales y la ciudadanía también son protagonistas irremplazables en un proceso de estas características y no meros obreros sometidos a la obediencia debida. Esto le llevó impulsivamente, extremo opuesto a meditadamente, a anunciar su renuncia que, para bien de las instituciones municipales, finalmente retractó. Renunciar a renunciar ha sido una buena decisión y, esperamos, que un fuerte aprendizaje.

Debemos decir también, que este tipo de emergentes es una consecuencia directa del tradicional reclamo de la argentinidad que ha sabido pedir funcionarios ejecutivos “fuertes”. Esto nos ha llevado como nación a depender de personajes mesíanicos con fuerte tendencia al nepotismo y una administración de lo público como si fuera el negocio propio.

Intuyo que este es el momento histórico en el cual damos un salto evolutivo como nación y comenzamos a internalizar que el desarrollo equilibrado de nuestro país es un compromiso de todos, que la administración de gobierno es una acción de un grupo de trabajo seleccionado y que la función ejecutiva es conducir con una visión amplia de las necesidades y deseos de todos los representados.

Simple y obvio; tan solo debemos llevarlo a la práctica de una vez por todas.

Pablo de la Iglesia
www.politicosconcientes.com.ar
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