por Pablo de la Iglesia
Coalición Cívica / Chajari
La promesa de construir más hospitales, como justificativo para el aumento de las retenciones, no tuvo eco en la sociedad argentina; en un contexto normal uno podría llegar a asumir que la nuestra es una sociedad insensible a las necesidades de los que menos tienen.
La realidad es mucho más compleja. No hay un solo argentino que no comparta este punto de vista con la Presidenta, más a esta altura, aún con las mejores propuestas de gobierno sobre la mesa, se ha perdido absolutamente la credibilidad y es imperioso que el Poder Ejecutivo se aleje de esta orgía de promesas rimbombantes y, como dijo Ortega y Gasset, “a las cosas”.
La autoridad de un gobernante puede imponerse con la ley, en otros casos mediante la violencia, algunos lo hacen mediante la manipulación… Se trata de soluciones transitorias que, antes o después, acaban deteriorando la autoridad si esta no está basada en la justicia.
Cuando este gobierno reprimió a los productores agropecuarios, lo hizo de acuerdo a una aceptable interpretación de la ley, hablando en términos fríos y duros por supuesto; también muchos dictadores actuaron con el convencimiento que su lectura de la ley era la correcta. Sin embargo, el pueblo en su mayoría, al servicio de quien debe estar la ley, lo interpretó como una atribución injusta y represora.
La única autoridad que debe procurar conservar un gobernante es la moral, y la pareja presidencial, junto con miles de funcionarios que se inmolaron en su propia obsecuencia, parece que la han perdido; esperemos que esto no sea un estado definitivo y que la recuperen desde la acción correcta.
A mí, como ciudadano de Chajarí (Entre Ríos), cuando escucho a la Sra. Cristina Fernández prometerme la construcción de más hospitales, pienso en el de mi ciudad. El Hospital Santa Rosa es un edificio horrible y anacrónico al cual me daría pánico entrar enfermo y me deprime siquiera rondarlo cuando estoy sano.
Es un hospital en el que las enfermeras tienen la presión alta y les sale úlcera porque las incubadoras no funcionan (por lo menos hasta hace muy poco) y tienen que estar pendientes que un bebé no se les cocine o se les congele.
Es un hospital que cuenta con un presupuesto de $60.000 y esto implica en la práctica mucho menos de $2 por habitante al mes… ¡pero mucho menos si consideramos que atiende a una gran población de la zona! ¿Es que no tiene ni un poquito de vergüenza la Señora Presidenta cuando se para en el atril y señala a algunos sectores de golpistas, egoístas y tantos otros calificativos que terminaron por agobiarnos con la vuelta de un odio y separación que los argentinos creíamos superado?
El Hospital Santa Rosa carece de profesionales suficientes que impiden, no sólo una buena atención, sino el mínimo cumplimiento de horarios que salvaguarden un trato digno a sus pacientes; el equipamiento existente es obsoleto y requiere reparaciones permanentes, según la propia directora del nosocomio, María Fernanda Lalosa.
Admitamos que el problema no es solo de presupuesto y que es necesario que también la medicina ponga las barbas en remojo, ya que se ha vuelto cara e ineficiente; sería bueno que los legisladores terminen pronto con las retenciones y empiecen a mirar a Europa para ver como han ido incorporando las terapias naturales a su sistema de Seguridad Social con el objeto de reducir costos y disponer de un sistema de salud que, no solo se limite a administrar enfermedad, sino también a crear salud. Esta es una canción que, antes o después, con buenos o malos presupuestos, va a tener que empezar a sonar.
En fin, un país no se construye con palabras bonitas y buenos diagnósticos; tampoco se construye generando divisiones y sacando patotas a la calle. Se construye con amor, procurando conciliar los intereses de todos, estando conciente que una mayoría elige a nuestros presidentes para que arbitren para el bien de la completitud del pueblo.
El equilibrio no se encuentra mirándose al espejo, sino escuchando el corazón y teniendo el coraje de seguir su mandamiento; esto requiere valentía de verdad y se manifiesta en gestos como saber pedir perdón con hechos, saber perdonar, aprender de los errores, escuchar a todos y actuar con integridad.
Sra. Presidenta, el propósito de la vida es ser feliz y el único camino para lograrlo es vivir con integridad, ese punto de equilibrio donde todas las voces internas confluyen en un punto; por favor aprenda a escucharlas y le garantizo que se convertirá en una mujer feliz y su gobierno acabará siendo el mejor de la historia.
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